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15 de abril de 2016

Análisis de la BSO de "Victor Frankenstein"

Frankenstein ha tenido tantas músicas, y tan grandes como el mismo monstruo, que el reto de ponerle banda sonora de nuevo es como jugar a ser el Doctor Frankenstein en el mundo de la composición cinematográfica. Franz Waxman puso sus extraordinarios leitmotivs al servicio de La Novia de Frankenstein (James Whale, 1935), John Morris le dio un toque de melancolía al El Jovencito Frankenstein (Mel Brooks, 1974), con un violín como protagonista en el que no hay parodia que valga; y Patrick Doyle se echó una gran orquesta a la espalda para dar rotundidad al Frankenstein de Mary Shelley (Kenneth Branagh, 1994). ¿Qué opciones tenía Craig Armstrong para su Victor Frankenstein


Tres películas de Baz Luhrmann (Romeo + Julieta, Moulinge Rouge y El Gran Gatsby), con lo que de excentricidad y ritmo endemoniado conlleva; Elizabeth: La Edad de Oro (Shekhar Kapur, 2007) y Lejos del Mundanal Ruido (Thomas Vitemberg, 2015), ambas con violines inolvidables, propios de todo un violinista como Armstrong. Comedias románticas, Hulk, y hasta un americano totalmente impasible. Se atreve con todo. Por eso, el reto propuesto por Paul McGuigan, no le dio ningún miedo. ¿Monstruos a él?

En palabras del propio compositor, el mundo de Victor Frankenstein era: “muy abierto a un score de orquesta sinfónica y música electrónica”. Así lo pensaba y así lo hizo. Un planteamiento tan ingenioso como la vuelta de tuerca dada a la historia de Mary Shelley. Siendo la electricidad una de las protagonistas ¿Cómo dejar de lado ese tipo de artilugios? Aficionado y coleccionista de viejos sintetizadores, Craig Armstrong no se pudo resistir. A ello le añadió un poco de romanticismo, por la época, por el tono de la historia y por la relación de los personajes, sobre todo de Igor y Lorelei. Las extrañas percusiones y el uso de instrumentos como la armónica de cristal le dieron la extrañeza, inquietud, el desasosiego y el aire de fantasía propios del relato del doctor loco. Los coros y la orquesta rematarían la faena con un gran canto a la creación y a la vida. El latido de un corazón haría el resto.

Pero como en la historia, no todo puede salir bien. Todos los cálculos, todo el trabajo, toda la ilusión. Al final, pese al enorme tema principal tan tremendamente retentivo (de los que recuerdas a la mañana siguiente), no hay claridad ni orden. No llega nunca el momento apasionado de ver nacer la emoción de la criatura (como tampoco lo hace visualmente). No hay pasión en el momento clave. El volumen no es capaz de alcanzar el climax necesario. El monstruo no ha llegado a cobrar vida según lo planeado.

Quedémonos con ese tema principal. Al fin y al cabo, si salimos tarareando, es que ha tenido efecto. Una pequeña criaturita se ha despertado en nosotros de forma musical.

El sello La La Land Records edita la banda sonora grabada en los Air Studios de Londrés.



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