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16 de junio de 2014

'Las dos caras de enero', de Hossein Amini [Críticas Off-Topic]

'Las dos caras de enero', de Hossein Amini
El guionista nacido en Irán y afincado en Gran Bretaña desde los 11 años, Hossein Amini, ha ido cimentando poco a poco, con el devenir de los años, una prestigiosa carrera como guionista. Debutó con el libreto del telefilme The Dying of the Light (G.B. 1992), de Peter Kominsky, que narraba la historia real del cooperante de UNICEF en Somalia, Sean Deveraux, asesinado en dicho país africano, en 1993, al denunciar la venta de armas ilegales para abastecer a los señores de la Guerra.

La firma de Amini, está detrás de adaptaciones literarias como Jude (1996, G.B.), de Michael Winterbottom, Las alas de la Paloma (The Wings of the Dove, G.B., 1997), de Ian Softley, o Las Cuatro Plumas (The Four Feathers, USA, 2002), de Shekhar Kapur, tres largometrajes excelentes que, respectivamente, adaptan textos de Thomas Hardy, Henry James y A.E.W. Mason. La carrera de Amini comprende igualmente, la escritura de guiones más alimenticios, para blockbusters del calibre de Blanca Nieves, la leyenda del cazador (Snow White an the Huntsman, USA, 2012), de Rupert Sanders, o de 47 Ronin (USA, 2013) de Carl Rinsch. Su filmografía también incluye películas de culto como Drive (USA, 2011), de Nicholas Winding Refn.

Más de 15 años ha tardado el guionista iraní en acometer la empresa que nos ocupa, desde que leyó la novela escrita por Patricia Highsmith en 1964, Las dos caras de enero. Hossein Amini quedó prendado de la historia y los personajes, visualizando enseguida su potencial cinematográfico. Comenzó a desarrollar el guión, al que incorporó otras influencias literarias adquiridas en el camino, hasta que encontró la financiación, que vino de Working Title (la productora británica fundada en 1983 por Tim Bevan y Sarah Radclyffe), que dió luz verde al proyecto con Amini tras la cámara. El resultado es una lectura visual apasionante, que se desmarca con acierto de algunos aspectos menos cinematográficos de la novela, enriqueciendo a los personajes centrales y cambiando el escenario final de París, por el más exotico de Estambul, narrativamente más consecuente con el resto de la película. En concreto, es en la capital de Turquía, donde se filmó y tiene lugar, en la carismática zona del gran bazar, una persecución nocturna, que recuerda el climax final de El Tercer Hombre (The Third Man, Gran Bretaña, 1949), de Carol Reed.

La escritora, nacida como Mary Patricia Plangman, en Forth Worth, Texas, pero criada en el cultural barrio neoyorkino de Greenwich Village y fallecida en Locarno, Suiza, es autora de un conjunto de relatos criminales, que, además de una gran calidad literaria, contienen un atractivo material cinematográfico. Dicho material, en manos de realizadores de enorme personalidad y astucia, ha proporcionado obras maestras del calibre de Extraños en un Tren (Strangers on a Train, USA, 1951), de Alfred Hitchcock, A Pleno Sol (Plein Soleil, Francia, 1960), de René Clement, El Amigo Americano (Der amerikanische Freund, Alemania, 1979), de Wim Wenders, El Grito de la Lechuza (Le cri du hibou, Francia, 1987), de Claude Chabrol o El Talento de Mister Ripley (The Talented Mr. Ripley, USA, 1999), de Anthony Minghella.

Viggo Mortensen y Kirsten Dunst en 'Las dos caras de enero', de Hossein Amini
Viggo Mortensen y Kirsten Dunst
Atenas, 1962. Chester MacFarland (Viggo Mortensen) y Colette MacFarland (Kirsten Dunst) son un matrimonio estadounidense que pasea despreocupado por las ruinas de la civilización milenaria. Ambos son atractivos y glamurosos. Recorren Europa en unas idílicas y desahogadas vacaciones. En El Partenón y en una cafeteria de la Acrópolis, se cruzan con Raydal Keener (Oscar Isaac), un joven estadounidense de Trenton, New Jersey, que subsiste en Grecia como guía turístico, gracias a su dominio de los idiomas, su carisma y su agudeza para sobrevivir, con pequeños timos a los confiados turistas. Extraño destino para un economista formado en la Universidad de Yale.

Pronto descubrimos que Chester realmente está huyendo, con una maleta de la que no se desprende. Cuando le preguntan por su trabajo, dice “me ocupo de los ahorros de la gente”. Chester ha vendido acciones de un yacimiento de petróleo canadiense que no existe y ha estafado a gente poderosa, vinculada a la mafia, que envia a un detective privado, quien implacable y meticulosamente, sigue con celo su rastro, con la mision de recuperar, al coste que sea, en dinero invertido. Enseguida, como en todo relato de Highsmith, unas vidas aparentemente placenteras y tranquilas, se verán mecidas por el destino, donde el crimen, el engaño, la ambigüedad, la falsedad de las apariencias y la fatalidad, tienen mucho que decir.

Los retoques de Amini a la novela de Highsmith afectan principalmente al personaje central, Chester McFarland, a quien Viggo Mortensen se entrega por completo, ofreciéndonos una vigorosa y compleja interpretación, que aporta una gran densidad al personaje. Mortensen le otorga mucha humanidad y vulnerabilidad a su creación. Intuímos mucha trayectoria vital en el agente bursátil protagonista, tras la mirada del actor. Por otra parte, MacFarland, en el tratamiento de Hossein Amini, es un personaje entusiasta, ingenioso, carismático y destinado a perder, como lo era el personaje de Gatsby, según la pluma de Scott Fitzgerald, una de las influencias literarias reconocidas por Amini. Héroe en la Guerra, libertador de París, como lo define su esposa, Chester MacFarland es un estafador en la paz, dispuesto a lo que sea para mantener su status robado.

El personaje de Colette MacFarland, por su parte, aporta mucha información, y contiene, dentro de su simplicidad, al mismo tiempo, cierta complejidad, gracias a la honesta interpretación de Kirsten Dunst, que le otorga al personaje esa mirada de fascinación hacia su esposo, bastante mayor que ella, a quien conoció en una fiesta “donde había muchos millonarios y champán”. La seguridad de un hombre mayor, la estabilidad, cierta opulencia, el lujo y el glamour, sin duda constituyen un gran reclamo para Colette, de manera que, cuando todo ese mundo se tambalea, ella comienza a plantearse su dependencia a su esposo. De ahí vendrá igualmente su flirteo hacia el tercer vértice del relato.

Oscar Isaac  en 'Las dos caras de enero', de Hossein Amini
Oscar Isaac

Rydal es, como decíamos, un superviviente nato, sin un centimo, que vive día a día y que arrastra un trauma de la decepción de su padre y distanciamiento respecto a él, quien ha muerto recientemente, sin que el joven haya acudido a su funeral. Chester le recordará fatalmente a su padre, lo que complicará la implicación del joven en el destino del veterano estafador. El actor de origen Guatemaleteco, Oscar Isaac, que accedió al papel gracias a que los hermanos Cohen le habían otorgado el protagonismo casi absoluto de A Propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyin Davis, USA, 2014), otorga un enorme calado a su personaje y efectúa una contraréplica maravillosa a esa fuerza de la naturaleza llamada Viggo Mortensen. Resulta magistral la secuencia de la conversación entre Chester y Raydal sobre la admiración y decepción que provocan los padres. El primero reflexiona diciendo que el problema es que esperamos muchísimo de ellos. Cuando era pequeño, dice, “… admiraba a mi padre como a un dios. Luego creces y cada día te decepcionan un poco más…”.

Se pretende hacer uso de ciertos episodios de la mitología griega y romana con el objetivo de definir los actos de los personajes, tratando de integrarla en la narración criminal propuesta por la escritora estadounidense, comenzando por el propio título de la obra y película. Las dos caras de enero hace referencia a Jano, el dios mitológico romano, que carece de equivalente en la mitología griega y se suele representar con dos rostros, opuestos, uno mirando al futuro y otro al pasado. Era el dios de los comienzos y de los finales, de los buenos augurios, el dios para las empresas acometidas por los hombres. El primer mes del año recibía su nombre, ianuarus. El escritor Albert Camus se refirió a Jano en su obra La Caída, como metáfora a la dualidad entre el pasado y el futuro del personaje principal, Jean Baptiste Clemence, abogado (o Juez penitente, como él mismo se define en un pasaje del libro), que ejerce su profesión en Amsterdam, después de la Segunda Guerra Mundial.

La mitología y la historia griegas revolotea a lo largo de las imagines del film. Al comienzo, Rydal comenta ante un grupo de turistas la historia de Fidias y la construcción de la Acrópolis, que alberga el Partenón. A lo largo del metraje, cuando los protagonistas se desplazan a Creta, el Minotauro, Teseo y Arianna estarán simbolicamente bastante presentes en la trama, y destino de los personajes, aunque de un modo nada sutil. Hossein Amini fracasa en este ambicioso empeño de fusion mitológico-narrativa.

Viggo Mortensen, Oscar Isaac y Kirsten Dunst en 'Las dos caras de enero', de Hossein Amini
Viggo Mortensen, Oscar Isaac y Kirsten Dunst

La película supone un ejercicio de estilo, predominantemente clásico, con tendencia marcada hacia el film noir, de elegante puesta en escena (la fotografía del danés Marcel Zyskind tiene mucho que ver en el resultado final), con unas localizaciones muy bien escogidas, que transcurren entre Grecia (que sirve de paisaje griego y cretense) y Estambul, con algunas secuencias rodadas en los míticos y restaurados estudios Ealing, los más antíguos del mundo, situados en el West London.

El debut de Hossein Amini en el largometraje (el mismo dirigió, protagonizó y escribió el corto Catch, de 1989, donde un asesino a sueldo es contratado por una mujer para asesinar a su esposo), transcurre con buen ritmo, una puesta en escena sobria, sin estridencias, muy eficaz en sus apenas 100 minutos de duración (con la inevitable, pero nada molesta, mirada hacia el maestro Hitchcock), que ven un reflejo inolvidable en las excelentes interpretaciones de sus protagonistas. La película falla, como decíamos, en esa pretension de integrar las citas mitológicas en la trama, que no terminan de encontrar la adecuada proyección y encaje, ni confieran la deseable densidad y fatalismo, que sin duda el realizador y guionista buscaba.

En cualquier caso, la sencillez expositiva, y la falta de pretensiones, que se traduce, además de por lo ya destacado, en la sabia distancia marcada con las ambiciosas intenciones de la mencionada El talento de Mr. Ripley (un peligroso reflejo ante el que mirarse), juegan a favor del competente resultado final y del buen sabor de boca que deja el visionado de esta película, altamente recomendable.

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