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17 de marzo de 2014

La Bella y la Bestia (Christophe Gans): Otra adaptación del montón [Crítica]

La Bella y la Bestia (Christophe Gans): Otra adaptación del montón [Crítica]
Después de la parafernalia desplegada por los estudios de Disney con la producción y estreno de una película de 1991, sin duda de referencia (pionera en la inclusión de algo similar a movimientos de cámara, travellings, picados y contrapicados en una película de animación), readaptada al formato 3D recientemente, y del discutible montaje musical en Broadway, en el West End, etc, el inmortal cuento de hadas tradicional europeo, cuya versión más famosa plasmada en texto, es la realizada en el siglo XVIII por Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, regresa a la cinematografía que otorgó el referente cinematográfico más ilustre, la francesa, en régimen de coproducción con Alemania.

Christophe Gans, crítico de cine antes que cineasta, había revisado la historia de "La Bestia de Guévadan", esa criatura que asoló la región que lleva su sobrenombre, en el sur de Francia, entre 1764 y 1767 en "El Pacto de los Lobos" (Le pact des Loups, Francia, 2002). Una película formalmente un tanto fallida (la estética estilo la saga Matrix para entendernos, invade demasiado metraje, con un abusivo uso de la cámara lenta), pero decididamente atractiva, gracias a un guión excelente, así como al enorme carisma y buen hacer desplegado por unos actores, en general muy acertados, donde destacaba la actriz Mónica Bellucci, con un personaje realmente sensacional. El reparto de esa película, incluía al entonces esposo de la actriz italiana, Vincent Cassel.

El cineasta realiza un largometraje, este sí completamente fallido, la adaptación de un conocido videojuego. A él siguen varios intentos en vano de filmar, primero, la plasmación en imágenes de la novela El Caballero Sueco, del austriaco Leopold Perutz, ambientada en el Siglo XVIII (esta vez entre Prusia y Alemania), y después, su particular versión del clásico personaje de la mitología gala, Fantomas. Gans aprovechó la experimentación cromática realizada ex profeso para el primero de los proyectos mencionados y no realizados, en su particular adaptación de La Bella y La Bestia. Entre los actores, cuenta de nuevo con Cassel, esta vez de protagonista, junto a la joven Léa Seydoux, recién salida del éxito de "La Vida de Adéle" (La vie de Adéle, Francia, 2013), de Abdellatif Kechiche, con un papel secundario para el español Eduardo Noriega.

El director, Christophe Gans, dando indicaiones a Léa Seydoux (Bella) en "La Bella y la Bestia"
El director, Christophe Gans, dando indicaiones a Léa Seydoux (Bella)


El director, autor del guión junto con Sandra Vo-Ahn, proyecta su mirada hacia la obra maestra del inclasificable Jean Coucteau, en el sentido de circunscribir prácticamente la acción en el castillo donde vive La Bestia, recreándose en el inquietante trayecto, en los perturbadores planos de las estatuas, que parecen criaturas que, como él, sufren la eterna maldición, a la espera de una joven que sea capaz de amar a este ser. Gans también experimenta con el color, en un estilo e intereses muy próximos al esgrimido por los realizadores Michael Powell y Emeric Pressburger en películas tan memorables como Las Zapatillas Rojas (The Red Shoes, G.B., 1948), como el propio Christophe Gans ha reconocido en entrevistas recientes. Los dos guionistas, tienen el buen gusto de devolver al personaje y a la historia a sus raíces mitológicas, donde siempre estuvo vinculado en cierto modo al mito de Perséfone. La hermosa joven, hija de Démeter, diosa de los cereales y en general de la agricultura, nacida de una forzada relación sexual Zeus. Perséfone fue raptada cuando recogía flores en los campos de Nisa. En ese campo se hace crecer un capullo de flor “de tamaño y belleza incomparables”, según el himno Homérico a Démeter, y cuando se acerca para arrancarlo, la tierra se abre y surge Hades, el carcelero y Rey del Inframundo (implacable en su empeño de que los hombres que entraban a su oscuro universo jamás vieran la luz del sol), en su carro dorado, para atraparla y llevársela hacia su oscuro y terrible reino. Démeter extendió la maldición de la hambruna por el mundo para dejar clara su ira por la desaparición de su hija. Ante esta calamidad, Zeus pactó con Hades que la joven Perséfone pasaría una parte del año con él, en el reino subterráneo, y la otra, con su madre y los otros dioses del Olimpo. Las referencias a las Ninfas del bosque, deidades menores del universo mitológico, vinculadas a bosques, manantiales y otros lugares concretos de la naturaleza que solían adoptar formas de mujeres hermosas para seducir a jóvenes y vigorosos mortales, completan el cuadro de referencias mitológicas que pueblan esta visualmente sensacional película.

Eduardo Noriega en "La Bella y la Bestia"
Eduardo Noriega en "La Bella y la Bestia"
La película ha sido filmada íntegramente en los míticos estudios Babelsberg, a las afueras de Berlín, que cumplieron 100 años de existencia en 2012, y albergaron el rodaje de míticas películas de Von Stroheim o Fritz Lang, continuando en la actualidad a pleno rendimiento, con un ajustado presupuesto de unos 33 millones de Euros. Christophe Gans elige desde el principio la fórmula del cuento infantil. La narración utiliza el recurso de la lectura de una madre, a sus dos hijos en la cama antes de dormir. Combinando los grabados del libro, la voz en off de la cuenta cuentos, y las aparatosas imágenes creadas digitalmente (que a veces son un poco más duras que la lectura para los niños), Gans reproduce, por ejemplo el naufragio y desaparición de los tres barcos, Sirena, Tritón y Leviatán, cargados de mercancía y riquezas, propiedad del padre de Bella, mercader de profesión, lo que provoca la ruina familiar y traslado a una vivienda más humilde en el campo. Al enterarse de que uno de los barcos ha sobrevivido, el padre, promete regalos para sus tres hijas. Bella sólo le pide una rosa roja. El mercader termina en un castillo, donde después de recibir una misteriosa hospitalidad, al ir a arrancar la rosa más hermosa de todo el jardín (plagado de ellas), despierta la ira de su propietario, una criatura con forma monstruosa, y ciertos ademanes humanos, que no está dispuesto a desprenderse de ninguna de sus flores. “Una vida por una rosa”, le dirá al anciano. Conmovido por la reseña de para quien iba destinada la flor, la bestia le permite regresar a su hogar y despedirse de su familia. Bella, sabedora de que todos la culpan por haber sido la causante de la muerte de su madre, fallecida al traerla al mundo, no quiere ser la responsable de la muerte de su padre. La joven acude al castillo, donde se ofrece a la criatura, en lugar de su anciano padre. La bestia acepta. Los jardines del palacio, cubiertos de rosas, hiedras, estatuas que representan mujeres heridas con una flecha, o seres gigantes, como ahogándose en una fuente, constituyen un escenario prodigiosamente integrado en la narración. Bella va conociendo poco a poco la historia de Bestia, durante sus sueños, donde se le va relatando como perdió su condición de humano (en otra referencia mitológica, esta vez a Iris, mensajera de los dioses a los humanos, que solía manifestarse en los sueños de los mortales).

Léa Seydoux y Vincent Cassel en "La Bella y la Bestia"
Léa Seydoux y Vincent Cassel
 Secuencias como la narrativamente fundamental cacería del ciervo, que comienza con el animal bebiendo elegantemente en el agua, y culmina con su abatimiento en un jardín cuyas setos contienen formas laberínticas, son un prodigio de oficio en la plasmación de sensibilidad y fatalismo. A medida que la narración avanza, y con ella, la relación entre la joven y la criatura va pasando por los diferentes estadios emocionales, vemos como una estatua llora tras una discusión de ambos, o como el vestuario de ella, va pasando de unos colores a otros, según la secuencia. Al llegar al castillo, la joven se pone un vestido blanco, inmaculado, símbolo de la reverencia de la criatura a la joven. Cuando se supone que lleva ya un tiempo en el castillo, el vestido será verde, símbolo de la integración en el entorno natural de las inmediaciones del reducto, que va dejando de constituir una prisión. Finalmente, la joven se pondrá un vestido rojo, cuando La Bestia le permite regresar a visitar a su familia, con la promesa de volver.

Es una verdadera lástima que los actores no terminen de alcanzar el estado de gracia que han ofrecido en otras propuestas, y que la historia contenga tantas servidumbres infantiles a la versión de Disney (que por otro lado, era excelente), baile entre ambos personajes centrales incluido. Habría sido una gran oportunidad para dotar a esta revisión del cuento, desde una perspectiva más adulta, como hizo Neil Jordan en aquella maravillosa obra maestra llamada "En Compañía de lobos" (The Company of Wolves, G.B., 1984) respecto a Caperucita Roja. No bastan unas tímidas secuencias provistas de cierta alusión a la sexualidad, o de cierto suspense, muy previsible (tanto que acaba por arruinar el efecto pretendido).

La apuesta de Gans y su equipo casi por completo, ha ido hacia el terreno visual, donde la película resulta apasionante. Para quien disfrute con la pintura impresionista, por ejemplo, sin duda se complacerá en las seductoras imágenes. Quien espere la definitiva versión, adulta y elaborada de la historia... que rescate la obra maestra de Cocteau.


1 comentario:

Al rico libro dijo...

Pues por lo que cuentas no tiene mala pinta del todo, aunque nos echa para atrás es toque infantil que mencionas.

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