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25/8/13

Crítica de "La Mejor Oferta": ¿se pueden falsificar las emociones?

Virgil Oldman (Geoffrey Rush) es un hombre meticuloso, muy trabajador y un tanto neurótico. No soporta la suciedad, y siempre va ataviado con unos pulcros y estéticos guantes, prolongación, de alguna manera, de su particular eficiencia. Viste de modo sumamente elegante. Se dedica principalmente al mundo de las subastas de obras de arte, que conduce con suma elegancia y rapidez... y con una ironía característica, que los clientes saben apreciar. Goza de una posición económica desahogada y del reconocimiento entre sus colegas de profesión. Ha triunfado clara y rotundamente en su vida profesional. Por circunstancias vitales dignas de una dramática obra de Charles Dickens, es un auténtico experto en obras de arte, sobre todo en pintura, y se jacta de saber distinguir perfectamente una obra auténtica de una falsa, básicamente porque, dice, el falsificador no puede evitar dejar su propio sello... se traiciona y revela sus propias sensibilidades.

Virgil Oldman (Geoffrey Rush)

La tragedia dickensiana del personaje que le marcó, para bien y para mal, se descubre de la propia voz del personaje: una infancia en orfanatos, al cuidado de monjas, que resolvían los castigos ante cualquier travesura o felonía encerrándole con un restaurador de obras de arte, le han dado, paradójicamente, un medio de vida con el que subsistir holgadamente y una pasión a la que se entrega de modo casi enfermizo. Como es un ser que vaga por el mundo completamente solo, disfruta de la feminidad, haciéndose con una enorme colección de retratos de mujer, rarezas pictóricas de incalculable valor, obras de grandes pintores, que admira silenciosamente en su lugar secreto... sólo para él. Tales obras las obtiene en las mismas pujas que conduce, con la connivencia de su amigo, el veterano pintor Billy Whistler (Donald Shuterland). Whistler carece, según Oldman, de ningún misterio en su vida, cualidad imprescindible para ser un buen artista, pero le resulta muy útil para obtener esa necesidad de gratificación inmediata que todos anhelamos en algunos momentos de nuestra existencia.

El día de la víspera de su cumpleaños, Oldman acude al restaurante que acostumbra, para cenar solo. Al fin y al cabo, hay reglas muy concretas en el mundo de las antigüedades. Está prohibido revelar las fuentes. En el mundo de las emociones tampoco parece que esté claro lo contrario... eso de mostrar las emociones y quedar expuesto, no parece ir con su cuidadoso modo de vida. No tiene, ni ha tenido nunca, una pareja. ”El respeto que siento por las mujeres es igual al temor que siempre les he tenido... tampoco he sabido entenderlas...”, le dirá a su joven amigo el anticuario Robert (Jim Sturgess).

La colección de Virgil (Rush) en el film
 Oldman también es tasador y agente inmobiliario. Un día conocerá a la joven Claire (Silvia Hoeks), que telefónicamente contrata sus servicios para inventariar, tasar y vender el mobiliario de una norme y hermosa villa, heredada por la joven. Como Oldman, Claire está sola, y tiene un problema adicional: la joven padece una fuerte agorafobia, que le impide patológicamente salir de la villa, donde vive recluida en unas dependencias secretas. El misterio que rodea a la joven, desatará en Oldman sensaciones nunca vividas, que creía vetadas para siempre a su sepultada alma, al estar perdido en una rutinaria existencia, carente de experiencias auténticas. ¿Vivirá el amor de su vida? ¿Se pueden falsificar sentimientos como el amor?... suponiendo que el amor sea una obra de arte... Un empleado le dirá que “vivir con una mujer es como estar en una subasta... nunca sabes si eres la mejor oferta”.

El siciliano Giuseppe Tornatore siempre ha sido un cineasta tan astuto como irregular. Nos conmovió profundamente con ese homenaje al cine que fue Cinema Paradiso (Italia, 1988), que estropeó posteriormente con un muy desafortunado montaje posterior, que le quitaba toda la gracia a la versión estrenada en cines. Luego sentó frente a frente en un durísimo interrogatorio policial al mismísimo Roman Polanski con Gerard Depardieu en Pura formalidad (Una Pura formalità, Italia, 1994), adaptó la novela de Alessandro Barico con bastante fortuna en La Leyenda del pianista del océano (La leggenda del pianista sull'oceano, Italia, 1998), filmó a Mónica Bellucci maravillosamente, con ciertos guiños a la comedia italiana de toda la vida y al David Lean de La Hija de Ryan (Ryan’s Daughter, G.B. 1970) en la excelente Malena (Italia, 2000), y fracasó estrepitosamente en ese retrato con tintes autobiográficos de su isla natal, en la pretenciosa, confusa, aburrida e interminable Baaría (Italia, 2009).

Claire (Silvia Hoek)
 Creo que el realizador italiano acierta de pleno con este sensacional retrato acerca de la soledad que asola al ser humano en nuestro actual mundo globalizado, de la amarga travesía emocional de un urbanita solitario de mediana edad. Haciendo nueva gala de su astucia, Tornatore apuesta por la hierática pero apropiada expresión de su protagonista, el gran actor australiano Geoffrey Rush, cooperador necesario del realizador en el éxito de la propuesta, a quien filma en silencio, fascinado, enamorado, irritado, irónico... En este sentido, la operación simbiótica entre actor y director ofrece y recibe un papel de ensueño, dotado de múltiples registros emocionales, a los que el actor responde con su eficaz entrega habitual y que el director capta de modo tan sutil como fascinante. La excelente fotografía, obra de Fabio Zamarion, que aprendió su oficio nada menos que con el gran Carlo Di Palma, entre otros, luce en su punto exacto a la hora de dotar la luz y la tiniebla necesarias al entorno, en función del estado de ánimo del personaje central; La muy sobria banda sonora del maestro Ennio Morricone y la contenida puesta en escena del realizador, dotan de un manto de desencanto y tristeza, únicos, a esta excelente película, de lo mejor en la carrera de su director, tal vez porque esta vez se cuida, y mucho, de ocultar los mecanismos de la prestidigitación que ofrece. Al fin y al cabo, vamos al cine para ser engañados... sin que se note.


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