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Frankenstein ha tenido tantas músicas, y tan grandes como el mismo monstruo, que el reto de ponerle banda sonora de nuevo es como jugar a ser el Doctor Frankenstein en el mundo de la composición cinematográfica. Franz Waxman puso sus extraordinarios leitmotivs al servicio de La Novia de Frankenstein (James Whale, 1935), John Morris le dio un toque de melancolía al El Jovencito Frankenstein (Mel Brooks, 1974), con un violín como protagonista en el que no hay parodia que valga; y Patrick Doyle se echó una gran orquesta a la espalda para dar rotundidad al Frankenstein de Mary Shelley (Kenneth Branagh, 1994). ¿Qué opciones tenía Craig Armstrong para su Victor Frankenstein


Tres películas de Baz Luhrmann (Romeo + Julieta, Moulinge Rouge y El Gran Gatsby), con lo que de excentricidad y ritmo endemoniado conlleva; Elizabeth: La Edad de Oro (Shekhar Kapur, 2007) y Lejos del Mundanal Ruido (Thomas Vitemberg, 2015), ambas con violines inolvidables, propios de todo un violinista como Armstrong. Comedias románticas, Hulk, y hasta un americano totalmente impasible. Se atreve con todo. Por eso, el reto propuesto por Paul McGuigan, no le dio ningún miedo. ¿Monstruos a él?

En palabras del propio compositor, el mundo de Victor Frankenstein era: “muy abierto a un score de orquesta sinfónica y música electrónica”. Así lo pensaba y así lo hizo. Un planteamiento tan ingenioso como la vuelta de tuerca dada a la historia de Mary Shelley. Siendo la electricidad una de las protagonistas ¿Cómo dejar de lado ese tipo de artilugios? Aficionado y coleccionista de viejos sintetizadores, Craig Armstrong no se pudo resistir. A ello le añadió un poco de romanticismo, por la época, por el tono de la historia y por la relación de los personajes, sobre todo de Igor y Lorelei. Las extrañas percusiones y el uso de instrumentos como la armónica de cristal le dieron la extrañeza, inquietud, el desasosiego y el aire de fantasía propios del relato del doctor loco. Los coros y la orquesta rematarían la faena con un gran canto a la creación y a la vida. El latido de un corazón haría el resto.

Pero como en la historia, no todo puede salir bien. Todos los cálculos, todo el trabajo, toda la ilusión. Al final, pese al enorme tema principal tan tremendamente retentivo (de los que recuerdas a la mañana siguiente), no hay claridad ni orden. No llega nunca el momento apasionado de ver nacer la emoción de la criatura (como tampoco lo hace visualmente). No hay pasión en el momento clave. El volumen no es capaz de alcanzar el climax necesario. El monstruo no ha llegado a cobrar vida según lo planeado.

Quedémonos con ese tema principal. Al fin y al cabo, si salimos tarareando, es que ha tenido efecto. Una pequeña criaturita se ha despertado en nosotros de forma musical.

El sello La La Land Records edita la banda sonora grabada en los Air Studios de Londrés.



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Del tres veces nominado al Goya por El Orfanato (J.A. Bayona, 2007), Lo Imposible (J. A. Bayona, 2012) y Ocho Apellidos Vascos (Emilio Martínez-Lázaro, 2014); y una vez nominado a los Premios del Cine Europeo por aquella del tsunami, llega Orgullo + Prejuicio + Zombies. La banda sonora de la película más bizarra del 2016. Podría haber sido un invento horrible. Podría haber sido la parodia de las parodias. Un zombi más entre las bandas sonoras olvidadas. Sin embargo, el compositor vizcaino Fernando Velázquez, armado con batuta y partituras varias, y con un antecedente macabro como La Cumbre Escarlata (Guillermo del Toro, 2015), consigue que la música no se convierta en un no-muerto cualquiera.


No hay un orden muy claro. Pero tampoco es que la historia sea la viva imagen del orden. La música es una mezcla tan rara y peculiar como se merece la película de Burr Steers. Sinfonismo del que suena tan bonito que no puedes creer que en cualquier momento vaya a aparecer un rostro descarnado y apestoso. Temas de acción potentes con citas clásicas, remiendos exóticos y algunos compases de gran retentiva. Misterio en forma de trémolos y sobresaltos. Y un poco de amoríos estilo Austen, pasados por chismes y mentiras. Todo ello genialmente interpretado y sin tonterías. La comedia se queda para la sátira del guión.

Ante todo hay que situarse. Estamos en el siglo XIX. En pleno romanticismo. Momento de exotismo y fantasía. De traspasar los límites y explorar nuevos ámbitos sonoros. ¿Por qué no saltarse las reglas y explorar también allí donde los vivos se juntan con los muertos? La muerte, los no muertos ¿Hay asunto más romántico? Las melodías populares llenan los temas dedicados a Inglaterra y sus costumbres más acostumbradas. No hay duda señores, de que esto es la época que llaman victoriana. A partir de aquí… que Dios nos coja confesados.

Ni las señoritas más refinadas se libran. Los zombis no entienden de modales y refinamientos. Cuando hay hambre de cerebros todo vale. Sobre todo si estamos en el romanticismo. Una cita del “Dies Irae” de la “Sinfonía Fantástica” de Berlioz, tan romántico él, nos da el aviso ¡Nos atacan! Las hermanas Bennet sacan sus espadas. Dominan las técnicas de lucha milenarias ¿Una melodía oriental? ¡Qué reviente la orquesta! ¡Percusión! ¡Metales! ¡Fortissssssssssssssssssssssimo!

Tras la tormenta llega ¿la calma? Hay orgullo, hay prejuicio, pero también hay mucho amor. Que la acción no nos engañe. El romanticismo en el sentido más cariñoso de la palabra también tiene cabida. La sección de cuerdas lo estaba deseando. Pero ¿crees que los finales felices encajan en todo este batiburrillo? Exploren señores, pero vayan bien armados y, lo más importante: sin prejuicios.

¿Donde encontrar la BSO de Orgullo + Prejuicio + Zombis? Desde febrero está a la venta la edición de Varèse Sarabande.



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Es complicado. Por momentos escuchamos un spaghetti western. Por momentos a uno de los compositores australianos más reconocidos. Igual que la película, la música de David Hirschfelder para La Modista es inclasificable y rara, rara, rara. 

BSO La Modista
Una armónica anuncia la inquietante e imponente presencia de Kate Winslet. Fantasmal como la eterna compañera de Charles Bronson en "Hasta que llegó su hora". Morriconiana hasta las trancas, los silbidos, el clave, y las curiosas y variadas percusiones. Como en su día lo fue aquella, compañera perfecta de una película extraña. Perfecta en su imperfección, porque ni la música ni la película terminan de encajar en nuestros esquemas, ni en los del cine mismo. Asistimos al nacimiento de un nuevo género: el Fashion Western. (Una Arrives In Dungatar, Opening,

El Oeste australiano de La Modista, como todos los Oestes, es una mezcla de todo. Tiene algo de europeo, algo de americano y algo de marsupial. Una fusión extravagante como ella sola. Efectiva solo como ella misma y en su lugar concreto. Arpa de boca, guitarra, violín, acordeón, castañuelas, celesta, cascabeles, campanas… escuchar los temas de Hirschfelder es como comer un plato de espaguetis con chile picante y albóndigas de carne de canguro, acompañado de un buen trago. Un menú difícil de digerir si no está preparado por un buen cocinero. Cocina moderna de autor, como la película de Jocelyn Moorhouse.

Y como obra autoral, puede ser como le dé la gana. Así que si la señora Jocelyn quiere, echamos a un lado el oeste y metemos un drama y una película romántica que solo tienen de western su transcurrir en un entorno rural alejado del mundanal ruido. Es entonces cuando Hirschfelder dice adiós a Morricone y sus spaghettis y se interna en el maravilloso mundo de la música de cine actual, entrando por la puerta grande del minimalismo más lírico y emocionante. Es entonces cuando compone un tema principal que puede compararse en belleza al de Alexandre Desplat para The Imitation Game (Morten Tyldum, 2014) o el de Jóhann Jóhannsson para La Teoría del Todo (James Marsh, 2014). Es entonces cuando todo el drama interno de la protagonista y todo el fondo social del guión se desparraman por un tema que nunca te cansas de escuchar y que, antes de aparecer en toda su plenitud en los créditos finales, hemos podido intuir, con sus variaciones (tonalidades menores, con celesta, con violonchelo, con campanas que anuncian la muerte…), en momentos clave de la historia de la protagonista. Es entonces cuando la confusión llega a límites insospechados. ¿Qué tipo de banda sonora estamos escuchando?

David Hirschfelder, nominado en dos ocasiones al Oscar por Shine, el resplandor de un genio (Scott Hicks, 1996) y por la impresionante y sobrecogedora Elizabeth (Shekhar Kapur, 1998), ya ha estado en el Oeste cinematográfico con Australia (Baz Luhrmann, 2008), de la que podemos intuir ciertos lejanísimos recuerdos en esta modista. También ha hecho Un Largo Viaje (Jonathan Teplitzky, 2013) capturando sonidos de una guerra y un trauma. Ha sido El Maestro del Agua (Rusell Crowe, 2014). Se ha atrevido con todo y con directores de todas clases y personalidades. Ahora, junto a Moorhouse, no crea algo nuevo, pero hace una mezcla novedosa que no cae en saco roto ni deja a nadie indiferente. ¿Te atreves a retarle a un duelo?

Aquí puedes escuchar un fragmento de todos los temas: BSO LA MODISTA


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La banda islandesa Bara Heiða ha presentado un divertidísimo videoclip protagonizado por un pobre Stormtrooper que se queda aislado en la Tierra.

Bara Heiða Stormtrooper

Pese a lo mucho que molan, y lo que nos gusta disfrazarnos de ellos, hay que reconocer que en el mundo de Star Wars, los Stormtroopers son los más pringados.

A las órdenes del imperio, son carnaza en los enfrentamientos contra jedis y otras amenazas del orden impuesto por Lord Parpatine, y en el videoclip que os traigo, se deja entrever que en la Tierra no son bienvenidos del todo, o al menos, eso es lo que creen los chicos de Bara Heiða.

Bajo el título “Stormtrooper”, nos encontramos con una estupenda melodía acompañada por la triste historia de un miembro de las tropas de asalto que se ve ninguneado en nuestro pequeño y azul planeta.

Durante dos minutos, el clip nos muestra lo desgraciada que puede ser la vida de estos tipos si deciden mantener “su identidad”, pero como dice el refranero, siempre hay un roto para un descosido, y el protagonista de “Stormtrooper” encuentra el amor que necesita para encauzar su vida.

¡No os lo perdáis!



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¿Me ha parecido escuchar un lindo pandita? ¿Me ha parecido escuchar al compositor de El Rey León? Pandas y leones, todos son campeones. Con un equipo liderado por Hans Zimmer y Po, Kung-Fu Panda 3 está preparada para cualquier reto que se le presente, menos si el reto es superar el estilo milenario y archiconocido del compositor alemán. Po aun debe entrenar mucho para obligarle a cambiar una tradición más arraigada que la propia cultura oriental allá en las tierras del sol naciente. 


Música étnica y ambientaciones exóticas. Nos trajo África en El Rey León, Egipto en El Príncipe de Egipto... en Kung Fu Panda acude a músicos chinos como el pianista Lang Lang, y a instrumentos cuya pronunciación es directamente proporcional a la felicidad de su dicción y la extraña belleza de su sonido: el erhu, el el shongu, el gaohu o el guzheng. Indiscutiblemente, estamos en China. No solo porque todos coman tallarines y porque la población de pandas supere la media normal, sino por esa musiquilla continua que acompaña perennemente a las películas de animación. No hace falta pegarle un bocado a un rollito de primavera para ser transportado inmediatamente más allá de la kilométrica muralla.

A la increíble habilidad de Zimmer para utilizar toda clase de extraños instrumentos de forma extraordinaria, se une su increíble habilidad para emocionar con los fragmentos corales, su increíble habilidad para dotar a la percusión de toda clase de expresividad y sentimiento, desde la acción y la tensión, hasta la alegría e incluso el romanticismo; y su increíble habilidad para mezclarlo todo con sintetizadores sin restarle ni una pizca de sabor tradicional. Si, increíble, pero demasiado cierto. Demasiadas veces increíble y demasiadas veces cierto. Lo cual es a su vez una pena increíble, dadas sus increíbles habilidades. No hay mejor manera de describir su música que con un párrafo tan increíblemente redundante como éste.


Y aun así, es imposible no caer en lo mismo de siempre y poner al señor Zimmer una buena nota. Porque al final y al cabo, la música dice lo que tiene que decir en cada momento, expresa lo exactamente expresable, y se adapta como un guante a la aventuras y desventuras del panda guerrero dragón. Es más, deja de lado las referencias jazzísticas, e incluso morriconianas en ocasiones, de las dos entregas anteriores y se adentra aun más en la cultura china. Po se va haciendo más fuerte y valiente, y Zimmer, consecuente, deja de lado los estilos más terrenales y enfatiza el lado espiritual que siempre transmite la cultura asiática. La evolución del tema principal es claro ejemplo de esta subida al Olimpo, o lo que quiera que sea, chino.

A parte del tema principal, que conecta las tres entregas, destacan, por la emoción, “The Panda Villaje”, con su aire de maravilla y descubrimiento, con algo de celestial; y “Portrait Of Mon”, con la tristeza y melancolía de la pipa, el piano de Lang Lang y el violonchelo, y la entrada progresiva el coro. En cuanto al a acción, otros dos: “The Battle Of Legends”, dominado por la percusión y la velocidad, cambia el coro femenino por el masculino, aportando más fuerza y tensión; y el potente inicio de “The Arrival Of Kai”. Todos ellos, claro, sintetizador mediante. 


Zimmer no abandona su zona de confort. Pero Kung Fu Panda 3 sube dos escalones y se acerca cada vez más al cinturón negro en lo que a musicar pandas guerreros se refiere. Concentración. Oídos atentos. Y que los dumplings os compañen.


 ¡Kung Fu Fighting!


Desde enero, ya puedes encontrar la edición de Sony de la BSO.

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¿Qué se puede decir de la música de Carol que no haya dicho ya el propio Carter Burwell en su página web? Tan bien explicado que hasta se pueden escuchar las palabras mientras se lee. Me ha quitado el trabajo. Ya no sé qué escribir. Mientras escucho la banda sonora, tema por tema, nota por nota; mientras vuelvo a las imágenes una y otra vez; solo se me ocurre contar la historia de cómo yo y mis oídos vivimos el momento.

Empezando por el final, o finalizando por el principio, que en Carol es lo mismo. La definición más clara de un círculo vicioso. Por Therese, por Carol, y por una música que no quiere que nos vayamos. Nos hace volver al momento y nos obliga a querer quedarnos a vivir allí. Una vez que te dejas llevar y te instalas, ataviado interiormente a la manera de los años cincuenta, se acabó. Es imposible salir. A partir de ahora, las miradas y los gestos no se describen solo visualmente, sino de forma musical.

Carter Burwell nos habla de tres temas: el enamoramiento y fascinación de Therese, la historia de amor con Carol, y el vacío que deja la pérdida. Todos tienen el tono tierra anaranjado de la melancolía. No hay saturación, porque el silencio forma parte de esta relación secreta. No hay agudo que sobresalga, porque todo en Carol es contenido. No hay grandes conjuntos ni instrumentos de sonido estridente, porque este amor es todo sutileza. No hay metal, porque todo es femenino, elegante y delicado, y esos adjetivos se dibujan con cuerdas y madera. Hay calidez dentro de la frialdad. Como lo escondido, como las miradas enamoradas en ese invierno neoyorkino tras los cristales empañados; como la timidez de Therese y el portentoso estilo de Carol. Y es el piano, cuya emoción viene precisamente de su propia frialdad, acompañado de un clarinete solitario y clandestino, el que termina de esparcir ese sentimiento de revelación, deseo, interrogante, debilidad y un no saber qué, que ilumina la atmósfera nebulosa de los cristales con los que Carol y Therese miran su mundo, que ahora también es nuestro gracias a Carter Burwell.

Su tercera colaboración con Todd Haynes tras Velvet Goldmine (1998) y Mildreed Pierce (2011), supone la primera nominación al Oscar del compositor de Crepúsculo (Catherine Hardwicke, 2008), Donde Viven Los Monstruos (Spike Jonze, 2009) o Valor de Ley (Joel y Ethan Coen , 2010). Los académicos deben de estar atentos, porque esta música tiene los efectos secundarios del enamoramiento. Que se lo pregunten a Ronney Mara.



Ahora es el momento en el que suena el redoble… ¿Quién alcanzará el tono más alto? ¿Cuál de todos compondrá el tema más triunfal? ¿Será Jóhann Jóhannsson? Nos hizo sentir angustia y sudar como nadie, pero quizás los académicos prefieran mantener limpios sus trajes de ir al cine y opten por una música menos contemporánea y estridente, pese a que su funcionalidad está más que comprobada. ¿Será Thomas Newman? Spielberg sin John Williams no suena igual, y el tema del puente no justifica por si solo un premio. Nominación a nominación, se va a acercando a su padre. ¿Será John Williams? Demasiado tradicional y sinfónica. Aunque la nostalgia y la reputación le benefician. ¿Será Morricone? Le deben unas cuantas estatuillas, empezando, como ya dije, por La Misión. ¿Será el western, género que le dio la fama, el que le haga justicia? Razones no le faltan. Esa secuencia inicial vale el Oscar por sí sola. Tan solo los pequeños fragmentos tarantinianos juegan en su contra ¿Será Carter Burwell? Una instrumentación totalmente fundida con cada personaje y sentimiento, melodías que nos inundan de la pasión de esas dos mujeres. La emoción, la belleza y la elegancia de Carol le deben mucho. La Academia le debe un premio a esta película olvidada. 

Mis oídos aún están discutiendo. Son como un demonio y un angelito en miniatura a un lado y otro de mi cabeza. El mini demonio, despanzurrado en mi oído izquierdo, me apunta con un rifle. Ten cuidado, me dice, porque Morricone es el compositor más rápido del Oeste. Desde el oído derecho, donde yace recostado el mini angelito, escucho susurros divinos que me transportan a los años cincuenta.

Y tú ¿Por cuál apuestas?

Ya llevamos cuatro:
El puente de los espías – Thomas Newman
Sicario - Jóhann Jóhannsson
Los odioso ocho - Ennio Morricone
La Guerra de las Galaxias: El Despertar de la Fuerza-John Williams
 
BSO nominadas a los Oscar 2016 Vol. 5: Carol

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Tenía que aparecer en algún momento: John Williams. Le toca librar toda una guerra en la galaxia Oscar. Experiencia no le falta. ¿Listos para escuchar la BSO más galáctica?


Siete, y sigue contando. Los años pasan, pero la guerra sigue allí arriba. Solo los galácticos como John Williams pueden combatir en ella. Porque solo él tiene la fuerza suficiente para seguir al pie del láser desde hace cuarenta años. Solo a él se le está permitido decir: “Yo soy tu padre”: el de la música cinematográfica actual y el de la saga que nos ocupa. ¿Lo será también de su sexto Oscar?

Esto es algo así como cuando se abrieron de nuevo las puertas de Parque Jurásico y escuchamos el famoso temita. Recordarlo pone los pelos de punta, y no solo por los velocirraptores. En El Despertar de la Fuerza ocurre lo mismo. Una tipografía concreta sobre un fondo de estrellitas y… los viejos rockeros nunca mueren: “Seguir trabajando, seguir amando lo que haces, es realmente un elemento que contribuye a la salud y al longevidad. Y soy afortunado de estar trabajando en un campo en el que nunca te cansas”.

Nosotros también podemos considerarnos afortunados. Podría haber cortado y pegado. Podía incluso haber tirado de la Wikipedia. Porque John Williams es omnipresente y su música está en todas partes: acechando en todas las playas del mundo, en las cestitas de las bicicletas, en los teléfonos de casa, en las cajas de ciertas galletas, en los libros de historia…, allí donde estés habrá un pequeño Williams susurrándote al oído. Lo tenía, pues, más que fácil para componer esta nueva banda sonora. Un poquito de aquí, un poquito de allá. Unas pocas notas nuevas, y listo. Pero no. Tuvo que hacerlo una vez más. De los 102 minutos de música que contiene la película, solo 7 pertenecen realmente a la partitura original. A él no le hace falta que la fuerza se despierte. Él es la fuerza por sí mismo.

De entre todos los temas, que son numerosos y variopintos dentro de esta nueva ‘space opera’, Williams destaca dos: el de Rey y el de Kylo Ren. El primero es un tema alegre y lleno de esperanza y energía, entre fantasía y lucha. No quería un tema romántico. No buscó una música de princesita rosa. Cogió el lápiz y esbozó un tema para una chica fuerte y luchadora, pero chica al fin y al cabo.



El segundo, menos potente que el de Darth Vader, dibuja un villano diferente. La maldad en esta ocasión es de alguna forma vacilante. No está presente tan a primera vista, o a primer acorde, sino en el fondo.



No hay espacio en la galaxia para detenerse en cada uno de los temas, por mucha fuerza que nos acompañe. Una pena tratándose de quien tratamos. De alguien que ha conseguido que en pleno siglo XXI aun apreciemos y adoremos el sinfonismo en el cine.

Imprescindible ¿Qué es una gala de los Oscar sin un John Williams en la lista de nominados? Es más, ¿qué sería de la música de cine sin él? Y la cosa no acaba ahí, ¿qué hubiera sido de la nueva entrega de La Guerra de las Galaxias sin su compositor original? Todo son preguntas… cincuenta nominaciones, cinco estatuillas ¿No tiene suficiente? ¿No se cansa este señor de componer? ¿No nos cansamos nosotros de escucharle? La respuesta a todos estos interrogantes…próximamente en la gala de los Oscar 2016. La fuerza solo se está despertando…

Otras BSO nominadas a los Oscar 2016: "El Puente de los Espías" , "Los Odiosos Ocho".

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Salpicados de sangre con la música de Morricone para Los Odiosos Ocho, y con un ataque de nervios provocado por la de Jóhann Jóhannsson para Sicario, continuamos nuestro repaso por las bandas sonoras nominadas de 2016.

Especial Bandas sonoras Oscar 2016

El puente de los espías – Thomas Newman


Este es el momento en el que deberíamos estar hablando de John Williams. Aún no me ubico en un mundo donde Spielberg hace películas sin él. Es como vivir en un universo paralelo. Hasta que te das cuenta que todo queda en familia.
Hagamos un inciso para consultar brevemente su árbol genealógico y su arbusto de amistades. Primero fue Alfred Newman. Alfred Newman introdujo en el cine a un jovencito llamado John Williams. John Williams iba a cenar a casa del profe Newman con su mujer, mientras un pequeño Thomas Newman correteaba de un lado a otro. Thomas Newman, ya un poco más grande y menos correteador, tuvo la increíble oportunidad de que el amigo de papa, John Williams, le dejara orquestar una partitura perteneciente a una escena donde muere un tal Darth Vader… 2015, John Williams está malito. Thomas Newman viene al rescate de uno de sus compositores de cine favoritos junto a Jerry Goldsmith y Bernard Herrmann. Dicho esto, no queda ninguna duda. Todo queda en casa.

“Sería muy difícil ser John Williams”, lamenta un Thomas Newman postrado ante una figura de tales proporciones. Tan difícil, tan difícil que prácticamente todos los compositores vivos han soñado con ser él en alguna ocasión, sin por su puesto, conseguirlo. Ya lo decía Christophe Beck: “Creo que si preguntas a un compositor de mi generación cuál es su principal influencia, qué le hizo convertirse en compositor cinematográfico, nueve de diez responderán Star Wars”. Thomas Newman se aventuraba, pues, en un reto como no hay otro en la música cinematográfica: sustituir al mismísimo de los mismísimos.

¿Lo consiguió? Para empezar, ha conseguido su candidatura al Oscar. Un objetivo que todos niegan pero que nadie rechaza. Pero ¿Está la partitura a la altura del evento? Siempre he identificado a Newman con películas estilo American Beauty. Comedias dramáticas: El Juez, las dos del Hotel Marigold, Erin Brockovich… y otros dramas nada cómicos: Brothers, La Duda… Tiene el estilo perfecto para ello. Entre el cine, cine y el toque sentimentaloide cercano al espectador medio que gusta de las sobremesas frente a una pantalla. Y sin embargo, tiene cosas como Camino a la Perdición y Skyfall que lo acercan, siquiera un poquito, al género de espías que pide la última película de Spielberg.

BSO El puente de los Espías


En El Puente de los Espías encontramos al Thomas Newman más oscuro. Más oscuro incluso que en James Bond, pese a que Tom Hanks nunca podrá serlo tanto como el 007 de Daniel Craig. Los coros de “Hall Of Trade Unios- Moscow” ya nos están dando el aviso: aquí hay Jerry Goldsmith encerrado…qué diga, gato encerrado, y en una habitación donde no entra un pizquita de luz. Otros temas nos recuerdan su herencia paterna, como ese “Sunlit Silence” tan americano, lleno de metales grandiosos. Y otros nos estampan contra el Thomas Newman más personal. “Rain” es ejemplo de ello. Pero, todo, absolutamente todo, tiene se soniquete homenaje a Williams, ese sinfonismo recuperado que convirtió en referente al que hoy consideramos maestro. Ahí está el principio del tema “Rain” para recordárnoslo.

Hay referentes y personalidad en esta banda sonora que, al igual que el apartado visual, diferencia lo americano de la Europa del Este, y no se explaya demasiado, dejando espacio a lo que necesita ser contado por el silencio. Y es que si en algo hace siempre hincapié Newman es en no sobrepasarse con la música. Quede para la posteridad el tema de la escena clave: “Glienicke Bridge”, que combina ambos sonidos en una fusión tan emocionante como el mismo momento, en el que la película, tras un segundo tercio cuesta abajo, vuelve a recuperar el gas. Quizás Thomas Newman tenga algo que ver en ello.
Hay casta en este compositor. Hay ganas y talento. Pero lo que realmente hay es una gran competencia difícil de superar. ¿Tendrá que recurrir al servicio de un espía para trastocar la información de la gala?



Continuará...

Tienes la primera entrega del especial BSO Nominadas a los Oscar a solo un clic. ¡No te lo pierdas!
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Ya se puede escuchar al señor Oscar tarareando las melodías de sus bandas sonoras preferidas del año. Dentro de poco, el día 28 de febrero, solo cantará una de ellas ¿Le ayudamos a decidir cuál?


Los odioso ocho - Ennio Morricone


Una vez soñé que Morricone volvía a colocarse el sombrero. Ese día me desperté silbando. Pero los sueños, como la muerte, tienen un precio. El de darse cuenta de que todo ha sido eso, un sueño. Un western tras otro esperaba ver cumplidas mis profecías musicales. Nada de nada. Mi última esperanza era un western de Tarantino. En fin, no es original, pero tiene mucho de Morricone. Consuelo de tontos. Sin embargo, algo ocurrió que me dejó perpleja: Los Odiosos Ocho.

La primera vez fue un poco decepcionante. Pero, ¿Qué es esto? ¿Un motivo de metal y batería repetido durante siete minutos? ¿Una venganza de Morricone por tantos años de robo y uso indiscriminado de canciones? Lo dejé pasar y esperé a que estrenaran la película. Confianza ciega en el compositor italiano.

Por fin llego el día. Se encendió la pantalla y apareció un enorme e impresionante paisaje nevado. Órgano y celesta convirtieron la blancura de la nieve en un lugar siniestro y casi fantasmal. El mismo lamento de la muerte. ¿Qué clase de western tenebroso nos espera? Tras esta pequeña obertura, ahí estaba el tema susodicho. Otra vez esa repetición que tanto me había desesperado. Pero ¡Oh sorpresa! Junto con ese Crucificado de madera abandonado en medio de la nada y con la atmósfera creada por la obertura, la música era, no solo perfecta, sino ¡increíble! Sí señor, ya lo decía el David O. Selznick de Lo que el viento se llevó y elefantiasis varias: “no estás estrenando un concierto, estás estrenando una película”. Qué razón tenía.

Pese a que la música no era omnipresente, mis orejas activaron el modo antena parabólica durante las tres horas. El silencio era también digno de escuchar. El viento, que en el western siempre ha traído la soledad del desierto, nos recuerda continuamente la tormenta de nieve, preludio de la que acecha en el interior de la Mercería de Minnie. Pura música aterradora.

Cada vez que volvía a aparecer la música, excepto por alguna que otra canción estilo Tarantino, mis tímpanos se meneaban de felicidad. Esa historia en la nieve narrada por el Mayor Marquis Warren. Introducida por un “Noche De Paz” al piano, al modo de esas melodías anempáticas típicas del spaghetti, y concluida con la tenebrosidad dada por la sonoridad tema principal. Ese momento del café misterioso, escapando de la tonalidad tanto como como el tono Tarantino de este western se merece. Tema digno de película de terror, acorde con la sangría pertinente. La canción de Daisy. Y ese final…se merecía un solmene y super americano solo de trompeta.

La experimentación de Morricone, que por algo viene de la música experimental, llega esta vez por otro lado. No busques a Sergio Leone, busca solo aquella libertad y confianza que el director italiano le dio para componer sus spaghetti y pásalo por el colador de un western tan especial, gigantesco y americano como el de Tarantino. El plato podría llamarse: Sinfonismo experimental de terror en el Oeste nevado a la Morricone. Sírvase bien frío y acompañado de las imágenes.

Nunca le perdonare a la academia lo de La Misión… esta vez hay ocho personajes odiosos apuntando con una pistola. Y les encanta la sangre.



Sicario - Jóhann Jóhannsson


Hay que tener un control increíble y unos nervios de acero para entrar a ver una película de Denis Villeneuve. Las uñas se clavan en los puños, las butacas, el compañero de al lado y cualquier sitio que encuentren. El sudor chorrea por litros. Las cervicales sufren con la tensión acumulada más que las de un costalero en pleno jueves santo. Los ojos se secan de mantenerlos abiertos. No. No es solo el director canadiense el culpable. Parte de la culpa de nuestra neurosis es de la música de Jóhann Johansson. Ya nos lo hizo en Prisioneros. Estábamos avisados.

Fan reconocida de Villeneuve. Mega fan indignada de Prisioneros. Persona que con más ganas se levantó aquella mañana soleada del Festival de San Sebastián para ver Sicario. Por consiguiente, seguidora de Jóhannsson. Un compositor que lo mismo te sorprende con la positividad de La Teoría del Todo, que te trae estos sonidos de pesadilla de Sicario. Y cuando digo pesadilla no lo digo por decir. Escuchar el tema “The Beast” y pensar en un Tiranosaurio Rex sediento de sangre rugiendo justo encima de tu cabeza no es una locura. Es la pura verdad. Si por tiranosaurio entendemos una redada asesina en plena frontera mexicana.

Percusión y ritmo que crecen progresivamente en intensidad y volumen, y te dejan pelados los cables hasta que el corazón amenaza con salirse o explotar. No hay otra salida. O para la música o nuestro encefalograma. Repetición es la palabra clave. Y cuando aparece la orquesta, mezclada siempre en la sala de edición, es para rematarnos. Se acabó. Nadie sale vivo de la frontera.

Una frontera cuya marca definitoria es el desierto. Un paisaje inhóspito y amenazante que la cámara de Villeneuve sabe captar como nadie y que Jóhannsson convierte en un personaje más. Lo convierte en algo terrorífico con sus percusiones y sonidos electrónicos (que no sintetizadores). Lo hace un lugar a evitar, lleno de muerte y podredumbre. Pero también transmite su soledad y tristeza. Porque el tema “Desert Music” es, ante todo, un lamento de la naturaleza por la situación fronteriza.

No sé qué sería de Sicario sin la música. Tampoco podría decir donde quedaría la música de Jóhannsson sin la película a la que acompaña. Otro gran ejemplo, como el de Los Odiosos Ocho, de una banda sonora compuesta con total libertad por parte del compositor, y concebida como debe serlo la buena música de cine: música e imágenes a modo de pack indivisible. ¿Podrá el sonido de la frontera mexicana intimidar a los académicos?



Continuará...


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Una serie tras otra. No lo podemos evitar. Buenas, muy buenas, regulares y hasta las que parecen más malas pero te enganchan como ninguna. En mi caso, es como un buen trago de sangre fresca. La dosis de A positivo diaria es esencial. Lo confieso: soy de la generación Crepúsculo…no lo puedo evitar. Series sobre vampiros hay unas cuantas. Pero ‘True Blood’ tiene algo que otras no tienen: una buena banda sonora. Y no hablo de las canciones. Qué también. Sino de los temas instrumentales compuestos por Nathan Barr.

BSO True Blood

Las series, y menos en los últimos tiempos, no están reñidas con la buena música. Es más, muchos, sino la gran mayoría, de los compositores de cine empezaron su carrera en televisión. Jerry Goldsmith y John Williams, sin ir más lejos, compusieron sus primeros trabajos ataviados con botas y sombrero de cowboy en los seriales western de los 60-70. No hay mejor escuela que la pequeña pantalla. Y no hay mejor época para formar parte de ella que el siglo XXI.

‘True Blood’ es una serie curiosa. Absurda de pies a cabeza. Surrealista total. Mezcla de mitos variopintos, leyendas y fantasía. Al clásico idilio vampiros-hombres lobos-brujas, añade hadas, ménades, seres cambiantes, híbridos, sangreadictos…no hay criatura que escape a la imaginación de la escritora Charlaine Harris. No hay detalle más estúpido que otro, porque todos lo son. Y quizás por eso son tan magníficos. Porque aun sabiéndose ridículos, desde su ridiculez, consiguen engancharnos y chuparnos la sangre hasta dejarnos secos y con ganas de más.

A este estado entre hipnótico y atontado contribuye en gran medida la música de Nathan Barr. Tres son los temas principales que utiliza como leitmotiv durante toda la serie, y que desarrolla de diferente manera según vayan evolucionado los personajes y situaciones. Los tres tienen en común una misma sonoridad, anclada en la eternidad vampírica. Barr retrocede al tiempo en el que estos seres de la noche fueron creados y contextualiza sus temas desde una perspectiva totalmente musical, de modo que sus melodías nos transportan a un pasado en el que la humanidad todavía era algo posible. A ello contribuyen el violonchelo y el piano. A ello contribuye también la guitarra, como tradicional de la América del siglo XIX. Pero el uso de instrumentos más contemporáneos como el piano preparado, y estilos actuales como el minimalismo, nos llevan a comprender la nostalgia y melancolía de unas criaturas que no se sienten privilegiadas por su eternidad.

Destaca sobre todos el tema romántico
, cuyo parecido con el tema principal de ‘La Bella y la Bestia’ de Alan Menken nos recuerda que el amor entre un humano (bella) y un vampiro (bestia), es posible. Otro tema de amor, compuesto expresamente para un momento culminante, se puede escuchar en el episodio 10 de la tercera temporada. Más melancólico y profundo. Más triste si se quiere, e incluso más verdadero. Y hasta aquí puedo leer.


El segundo de los temas destacados es el alusivo a la familia: “Take Me Home”.
Aunque solo vamos a escucharlo de forma instrumental, es realmente una canción. Su sabor tradicional lo asocia perfectamente con el cariño. Con la adorable abuela, que en ningún momento deja de estar presente en la memoria. Con Sookie y Jason, hermanos tan diferentes como inseparables. Con Sookie y Tara, una amiga como si fuera una hermana. Con todos los habitantes de un pueblo colonizado por los seres sobrenaturales, cuya unión es más fuerte que su propia sangre, tan codiciada.


El tercero de los temas es más general, englobando las características de los anteriores (e incluso citándolos) y dando una atmósfera a la vez oscura y romántica a la historia. 


Junto a ellos, las canciones. Country, pop y rock, y rock aún más duro. Porque al fin y al cabo, la cosa va de monstruos, muerte y sangre. De esta parte se encarga el tema de entrada “Bad Things” de Jace Everett. No cantarla es imposible. 


Si después de escuchar la música, no te has olvidado de lo absurdo de la serie, es que todavía no te has convertido en vampiro.

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Érase una vez un cuento contado de otra forma. Érase una vez la fantasía. Bosques encantados. Horribles y tenebrosos. Mágicos y brillantes. Princesas con complejos de Juana de Arco y aires vampíricos. Madrastras malvadas de vida eterna. Príncipes encantadores que se quedan sin su premio. Cazadores con corazón de príncipe que en lugar de cazar corazones, son conquistados por otros. Siete enanitos y una manzana. ¿A qué te suena? Esa la historia que quiero contarte...

BSO de "Blancanieves y la Leyenda del Cazador"

Había otra vez, porque érase ya fue, un músico que cada vez que agarraba un instrumento, el mundo se hacía ensueño. Criaturas de abismo asomaban sus pezuñas entre las baldosas del suelo. Hadas, ninfas y personajes de cuento aterrizaban frente a él. Como un Orfeo contemporáneo, James Newton Howard, que así se llamaba el músico, congregaba a los seres imaginarios y les contaba una historia escrita en notas musicales. Cuando en su cabeza visualizaba un violín o un chelo, fieras, y no fieras, caían rendidas ante su encanto. Cuando veía un piano, los ojos se cerraban y las orejas se convertían en parábolas sónicas. Si eran las secciones de metal y percusión, aparecía el sobresalto. Los nervios se avivaban y todos se sentían luchadores. Así, día tras día, año tras año, el músico, trabajador eficiente donde los haya, inventaba nuevas historias para ser escuchadas.

Un día, un habitante de aquellos lugares llamado Rupert Sanders le regaló un cuento y le pidió que se lo contara con música. Que hiciera salir del papel a sus personajes. Que los hiciera hablar sin palabras. El músico, encantado y encantador, no tardó un segundo en decidirse.

Pintó en su cabeza una princesa. Al lado de ésta, un violín. Sí. Decidió que las cuerdas debían acompañarla en su encierro y su lucha. Su luz interior saldría a la superficie gracias al arco. No de Juana, sino de los violinistas. Como aquella ‘Joven del Agua’, sería una heroína melódica. El piano y las maderas del bosque le ayudarían a encontrar su camino. Lejos de jugar a ‘Los Juegos del Hambre’, su parecido con Katniss se quedaría solo en su fuerte imagen.

Luego dibujó a la madrastra. Se acordó de ‘Maléfica’. Bella como las más bellas. Malvada como el diablo. Triste en su interior, también podía regalarle unas cuerdas. Debían ser más graves. Pero era la maldad la que gobernaba su interior. Era muchísimo más oscura. Mucho. Ansiaba matar a la princesa para vivir eternamente. El poder. La belleza. Atronadoras percusiones y trompas ensordecedoras. “Te robaré el trono”. ¿Estás segura?

Charlize Theron como la malvada madrastra de Blancanieves

Finalmente, esbozó dos héroes. Un príncipe soñado y un soñador que no es príncipe. ¿Cómo hablarían ellos de la princesa? En su mismo idioma, pensó, pero más majestuoso y mágico. Porque a los ojos de ellos, la princesa es más que eso, es la luz que salvará el reino, la luz que invadirá sus corazones. Pero también hay tormentas. Ellos deben salvarla y tienen que luchar.

¿Y el resto de la historia? ¿Es que la contó en silencio? No. Todo lo que imaginó para sus personajes se extendió a sus tierras. Los árboles del bosque absorbieron las maderas y adoptaron las cuerdas y el piano. No como aquel ‘Bosque’ donde habitaban los miedos y cuya música era tan virtuosa que anonadaba, sino un poco más allá de la línea de la fantasía y los cuentos. Las luchas y guerras se quedaron con los aires marciales, esos cuyo volumen casi no dejaba escuchar el chocar de las espadas y el tintineo de las armaduras. La maldad se apropió de las leves disonancias. La oscuridad se hizo al fin en las manos del músico. La melancolía de la belleza, queriendo ser como la princesa, se apropió de sus cuerdas con un sonido más triste. Y la luz, la que finalmente salió vencedora, coronó el final con la mayor grandeza que pudo hacerlo. La princesa, de nombre Blancanieves, ahora podía hacer uso de todos los instrumentos, Porque era reina.



Si te ha gustado este post, no te pierdas el tráiler de "El Cazador y la Reina del Hielo"


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Ni Morricone, Ni Elmer Bernstein, ni Dimitri Tiomkin. El western de 2015 suena a Jay Kurzel.



Pocos géneros son tan dados a la experimentación como el western. Del primer western al último, el Oeste, siendo el mismo, es totalmente diferente. Su música también.

El western moderno presenta diferentes facetas musicales: mezcla de géneros (Cowboys & Aliens, Young Ones), innovación (Dead Man), minimalismo (Brokeback Mountain), uso de música preexistente (Django Desencadenado), vuelta a lo clásico (Valor de Ley, Mil Maneras de Morder el Polvo)…no hay nada que se le resista. No hay nada que nos haga olvidar donde estamos por mucho que nos desviemos del camino. El desierto es demasiado grande. El horizonte demasiado lejano. Las posibilidades infinitas. Como prometía el Oeste.

Jay Kurzel ha llegado a la ciudad. Ha abierto las puertas del saloon con un golpe seco. Ha mirado a los presentes sin ningún tipo de reparos:”Me gustan los retos”. Todos nos hemos visto obligados a soltar las armas, levantar las manos e invitarle a un trago. El australiano se ha ganado la estrella de sheriff hasta nuevo aviso.

Un director como John Maclain, antiguo componente de The Beta Band, músico, por tanto; tenía que poner especial atención a la música. Lo tenía muy claro. El crepúsculo del Oeste nunca ha necesitado grandes orquestas sinfónicas. La crudeza, la soledad, la violencia. Tan grandiosas por sí mismas. Cuanto más silenciosas, más desasosegantes. La fusión de culturas. América, Europa, África, Asia…la promesa del Oeste era universal. “John me dio dos direcciones muy específicas”, comenta Kurzel. “Quería algo que pudiera silbar y que estuviera en compás de ¾. Al igual que Jay, El vals es europeo, además, está muy en desacuerdo con la violencia del paisaje”. Así comienza esta nueva aventura del Oeste. Así comienza la aventura de Slow West.

Kurzel acogió esas directrices y las convirtió en suyas, sin influencias del género, sin referentes específicos. Buscó contar la historia de este escocés romántico que dispara a las estrellas y persigue un sueño en un entorno salvaje. Buscó la intimidad. El sonido de “un cuarteto tocando en una habitación”. Era el momento, la época, el sabor europeo. Los cuartetos de cuerda del romanticismo llevados al Lejano y Salvaje Oeste. Convertidos en: contrabajo, violonchelo, guitarra y mandolina. Sin más, y con poco menos que unos acordes persiguiendo al protagonista. “La crudeza de las pequeñas secciones”. La crudeza del silencio y la soledad tan solo roto por unas pocas notas que parecen romper ese sueño romántico. Un sueño que empieza y acaba con la muerte, como todo en el romanticismo. Como todo en el Oeste.

Ese vals errante, crepuscular y casi trágico, no viaja solo. En las infinitas distancias la soledad tiende a acercarse. En los inmensos paisajes del Oeste las culturas se funden como el aire con el calor. The Minstrel's Song, escrita por el mismo Maclean, Jupiter and Mars, Theme from The Orkestra of the Dead (quizás el más morriconiano), Mbanza Congo (“¿Te gusta nuestra música?”, preguntan los negros a Jay. “Sí. Me gusta mucho la canción”, responde el chico.”Es una canción sobre el amor”, le dicen. Jay, soñador: “El amor es universal, como al muerte”. Y el romanticismo llegó al Oeste), Aeolian Arietta…

Jay Kurzel sale del saloon. Saciado y orgulloso. La pistola en el cinto. La estrella de Sheriff en el pecho. El sombrero bien puesto. Pañuelo al cuello. Las botas bien calzadas. Espuelas afiladas y preparadas para cabalgar. No hay “Babadock” que le intimide, porque él es “son of a gun”.

Filomgrafía esencial de Jay Kurcel:
-The Snowtown (Justin Kurzel, 2011)
-All This Mayhem (Eddie Martin, 2014)
-Babadook (Jennifer Kent, 2014)
-Son of a Gun (Julius Avery, 2014)

Donde encontrar la bso de Slow West: edición de Lakeshore Records, a patir de mayo de 2015.



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La Banda Sonora Original de la vida de James Dean

James Dean no solo fue un gran actor, sino un gran soñador. Quería ser tantas cosas como vidas hubiera en el mundo. De escultor a hombre de negocios. De torero a piloto de carreras. De escritor a director de cine. Tenía empeño y unas capacidades de sobra conocidas. Lo que no tuvo fue tiempo. La juventud quiso conservarlo para siempre.

Entre todos esos sueños hubo hueco para la música. También pasó por su cabeza la idea de ser compositor. Intentó aprender. Uno no puede hacerlo todo. Pero nos dejó algo. Sin James Dean no habría un Leonard Roseman en el cine. Sin Leonard Roseman no existirían como tales: Viaje Alucinante (Richard Fleischer, 1966), Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975), Esta tierra es mi tierra (Hal Ashby, 1976)…y por su puesto: Al Este del Edén (Elia Kaza, 1955) y Rebelde Sin Causa (1955, Nicholas Ray). Fue James Dean, como alumno y amigo, quien lo recomendó a Kazan. No se equivocó.

Jimmy con Leonard Roseman
Roseman era un compositor diferente. Había estudiado con Schönberg, escrito música dodecafónica y experimentada con la atonalidad. Su estilo distaba kilómetros del sinfonismo clásico y la tonalidad hollywoodiense. Pero también eran diferentes Alex North o Elmer Bernstein y el jazz llegó al cine para quedarse. Estados Unidos, años cincuenta del siglo XX y revolución artística, son todo una misma palabra. Leonard Roseman estuvo en el momento indicado y en el sitio adecuado a la hora perfecta.

Si nos paramos a observar de cerca a los personajes de James Dean, no nos extrañará tanto esta relación musical. Fuera de lugar. Más allá de las normas impuestas. Un sí pero no. Un signo de interrogación con chupa de cuero. Un eterno rebelde que en el fondo si tenía una causa. ¿Qué es el dodecafonismo? ¿Qué es sino la música atonal?


Al Este del Edén con Copland o Leonard Berntein, primeras opciones de Kazan, hubiera sido un clásico drama rural. Pero Roseman, sin dejar de lado el ambiente, reflejó el conflicto interno del protagonista mediante notas que, como Cal Trask, no encajan en la normalidad, dando a la película una mayor profundidad psicológica y moral. Lo mismo hizo en Rebelde Sin Causa, donde no solo se apartó de la tonalidad, sino que utilizó el jazz para mostrar la oscuridad de esos jóvenes perdidos. Quizás también del mismo Jimmy.

 

 

Un Jimmy que fue un “gigante”, y como tal terminó su carrera y su vida. Ya no hubo más Roseman. La amistad se fue alejando. Pero su último personaje, el Jett Rink de Gigante (George Stevens, 1956), cayó en buenas manos, musicalmente hablando. Dimitri Tiomkin, el ucraniano que más sabía del Oeste, compuso para él el tema más complejo de la banda sonora. De la tradición, del más puro sonido cowboy, a la orquesta del éxito. Del solitario e introvertido jornalero, al magnate del petróleo. Una evolución tan perfecta musical y narrativamente, como imperfecta en el sentido humano. Jett Rink mide los pasos de su nueva tierra. Sube al molino y observa su reino. Donde solo hay grietas, polvo y piedras, él ve riqueza, futuro. Una secuencia como resumen de una vida que en la realidad fue al contrario. Donde James Dean vio el vacío y la oscuridad, el resto del mundo vio, y seguirá viendo, una estrella con luz propia.



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La actual estrella del pop se suma a la larga tradición de cantantes que acompañan a James Bond en sus aventuras cinematográficas.

Writing´s on the Wall, de Sam Smith
Siguiendo la tendencia de incluir buenos temas musicales en sus filmes, la última entrega de la saga Bond ha fichado al artista Sam Smith para que ponga voz a la canción principal deSpectre, la nueva aventura del agente 007.

Así pues, el cantante de éxitos como “Stay with me” otorga la elegancia y solvencia necesaria para una saga como esta y nos ofrece “Writing´s on the Wall”, un tema que sin tener el gancho de canciones como el You Know my Name de Chris Cornell, conjuga la voz de esta estrella con el sabor característico de las bandas sonoras de James Bond.

Os la dejo por aquí y pese a que no es de los mejores temas de la saga (tenéis mas en el artículos de nuestros amigos de “El Solitario de Providence”), estoy seguro que entrará de lleno en las listas de éxitos y en los reproductores de los fans de Bond, Sam Smith y de la buena música en general. ¡Disfrutadla!



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Muchas veces descubrimos películas que parecen salidas de un desvarío cinematográfico. La mayoría por horribles. Algunas por extrañas. Unas por desconocidas. Y otras por misteriosas coincidencias. Cuando damos con una de ellas empezamos a verla con cierto temor. Hasta que los créditos se desvelan ante nosotros como un cofre del tesoro. Nunca hubieras pensado que aquel nombre aparecería en una película como esa…que ni siquiera sabías que existía.

Caso nº 1: Sonny (Nicolas Cage, 2002)


Si. No has leído mal. Nicolas Cage ha dirigido una película. Protagonizada por James Franco y con música del mismísimo Clint Mansell. ¿Miedo? ¿Respeto? Por un momento crees escuchar un réquiem. No precisamente por un sueño, sino por una pesadilla. Si continúas corres peligro de morir. Nicolas Cage, piensas. Dios mío. ¿Dónde me he metido? Entonces suenas los primeros acordes. No está tan mal. Acaba. Las cámaras debían darle la espalda al señor Cage. Mejor detrás del objetivo.


Una vez digerida y meditada, el conjunto cobra sentido. James Franco como un chico atormentado por su vida. Comenzando su colección. Clint Mansell poniendo música a una extraña situación con personajes fuera de órbita. Darren Aronofky lo inició en el oficio. Nicolas Cage…eso es un espediente X.

Pero vayamos a la música. Concisa, breve y funcional. Directa al fondo del protagonista: un chico que trata de huir del mundo de la prostitución en el que lo metió su madre. Unas notas para sus miedos, otras para el recuerdo, otras para el horror, y todas para la tristeza interior, la que nunca le abandona.

Nada de grandes orquestaciones. En la vida de Sonny no hay espacio para eso. La impotencia, la melancolía. Sentimientos de unos pocos instrumentos. Un piano y una simple melodía de estilo minimalista. Unas cuerdas que pulsen la compasión. No hace falta más. Y para esos momentos que rozan lo espeluznante, para la indiferencia e inexpresividad ante una anormalidad convertida en cotidiana, la música electrónica hace su trabajo. Junto a ello, arreglos de temas preexistentes que nos acercan al lugar, una Nueva Orleans; al momento, 1981; y al ambiente de la prostitución.

Clint Mansell dos años después de Requiem por un Sueño y ocho antes de Cisne Negro. Clint Mansell mucho antes de destrozar las salas con el volumen y el retumbar de la intensidad de Noé. Podría haber sido otro, pero fue él. Y es a él al que vemos detrás de las notas. No su mejor cara, pero una cara reconocible, respetable y dignamente lavada.

Se me ocurren otras opciones. Para la música. Phillip Glass. Algo más de orquestación y un piano más profundo. Para la dirección. En manos de Winding Renf hubiera sido todo neón, sonido eléctrico a todo volumen, temas anempáticos, y violencia, que no falte. En manos de Aronofky, más poesía, más metafísica, más surrealismo, más extremos sus personajes y con más espacio para el desarrollo de la música. Pero las manos fueron las de Nicolas Cage y la música la de Cint Mansell. Y el resultado fue éste. ¿La has visto ya? ¿Te atreves?

¿Dónde encontrar la música?: Edición de Citadel, año 2003. Incluye como bonus track un tema que no apareció en la versión final de la película.



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Tom Cruise Dancing Uptown Funk




Siempre he sido más de rock que de funky, pero en las últimas semanas, el tema “Uptown Funk” de Mark Ronson se ha colado entre mis canciones más escuchadas.


El motivo de ello es la mezcla de ritmos y la simpatía del tema que, junto a un divertido video musical está arrasando por la red, y ahora, gracias al genial trabajo de los chicos del “What´s the Mashup?”, la canción se entremezcla con una increíble selección de escenas de baile recopiladas entre más de 100 éxitos de la historia del cine.

El resultado, es una increíble mezcla de audio y video que hará que muevas los pies de forma inconsciente mientras alucinas con el genial trabajo de sincronización realizado.

Os lo dejo por aquí para que disfrutéis del montaje y de la búsqueda de los títulos que componen este estupendo y original mash-up.




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Siempre que hablamos de espías imaginamos a James Bond (cada cual el suyo). Siempre que imaginamos a James Bond, escuchamos la música de John Barry (o el tema de Monty Norman antes de ser arreglado por él). Siempre que creemos escuchar la música de John Barry, en cambio, no estamos viendo a James Bond. Paradójicamente, la música que acompaña las misiones de los agentes secretos no suele ser tan secreta.

Los agentes secretos se han quedado anclados en el tiempo: recuerdos jazz, con mucho metal y percusión, guitarras, dramatismo, y acción y tensión a partes iguales. Solo algunos han sabido dar un giro, aunque no de 180º, a la cuestión musical. Precisamente otro John: John Powell, en sus varios trabajos para la saga Bourne. Pero es difícil escapar a Bond. Nos tiene atrapados en un laberinto al más puro estilo pop art, en el cual habitan muchas Ariadnas (concretamente una por cada película), que no están dispuestas a dejarnos salir.

Javier Rodero ha aceptado el desafío de componer la música para nuestro agente secreto particular. Entrenado en los cortos y la publicidad, llegó al cine de la mano de, precisamente, Javier Ruiz Caldera, para el cual ha trabajado desde entonces: Promoción Fantasma (2012), Tres Bodas de Más (2013) y, ahora, Anacleto: Agente Secreto (2015). Sus misiones no son secretas.  Él mismo afirma que para este último trabajo ha utilizado: “instrumentación clásica con ranuras 'seventies', texturas sintéticas y bajos potentes”. Así de claro. Pero nosotros, como espías musicales, hemos querido indagar un poco más.



Remontémonos en el tiempo y en el espacio. ¿En quién se inspiró Vázquez para sus cómics? No solo en James Bond y todo el elenco de espías  sesenteros y setenteros, sino más concretamente en el Maxwell Smart de la serie de televisión Superagente 86 (1965). Pues bien. Escuchemos la música que Irving Szathmary compuso para la misma.  Al fin y al cabo…James Bond.

Volvamos al presente. Referencias de Javier Ruiz Caldera para Anacleto: Sin Perdón , La Última Cruzada, Mission: Impossible, Lalo Schifrin), Jungla de Cristal, Mentiras arriesgadas… lo que musicalmente hablando se traduce en: Lennie Niehaus, John Williams, Lalo Schifrin, Michael Kamen y Brad Fiedel. Dejando la tendencia jazz del primero, quitando al segundo, y manteniendo el resto. James Bond de nuevo.

¿Y qué hay de sus contemporáneos? Lo más cercano: Operación U.N.C.L.E (Guy Ritchie, 2015), con música de Daniel Pemberton  , sucesora de, valga al redundancia, su antecesora televisiva  ¿A que nos suena?

Con todos estos datos, solo nos queda escuchar uno por uno los temas de Javier Rodero para Anacleto. ¿Y qué nos encontramos? Pues un poco de todo ello, cocinado desde la perspectiva del autor: entre lo tradicional del género y el sintetizador.

Anacleto Theme sigue en la línea de guitarras, percusión…pero que asignada a este agente chapucero adquiere un toque paródico particular. Un toque que se ampliará al resto de temas, que llevan este primero como seña de identidad, y que cerrará el círculo con el tema Trato Hecho.
Gobi. Un hito en la iconografía anaclética que no podía faltar. Podría haber tirado de western. Incluso de la épica de un Maurice Jarre. Pero elige seguir el hilo con un algo de esa misión imposible que es el desierto en sí, y otro poco de grandeza medio épica, medio cómica.

Temas de auténtica tensión: El Chino, Reparto o Bomba. Temas que acompañan las geniales escenas de acción, como Reguero de Sangre. Otros, como Bingo,  que remiten levemente a Henry Mancini. E incluso temas de tono mucho más personal: Vigilancia, Diario o Ikea. Pero todos con un aire tan particular como nuestro antihéroe patrio, el cual también fusiona tradición y actualidad, comedia, parodia, acción y nostalgia. Todo mezclado, no agitado.

Todavía no podemos hacernos con ella, pero puedes escucharla en la página del propio compositor, en el siguiente enlace, Web de Javier Rodero, en iTunes o en Spotify.

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